En AgroVista BioTech trabajamos con cereal, olivar y viñedo de la provincia de Albacete. La idea es sencilla: los sensores remotos y las imágenes multiespectrales marcan las zonas donde el cultivo se comporta distinto, y ahí es donde tiene sentido sacar muestras de suelo y decidir qué bioinsumo aplicar y en qué cantidad. No se trata de cubrir toda la finca con el mismo producto, sino de entender qué pasa en cada rodal antes de gastar.
Si es la primera vez que trabajas con mapas de vigor, empezamos por una parcela piloto y un vuelo en el momento adecuado del ciclo. Con eso ya se ven diferencias reales y se puede planificar el muestreo microbiológico sin disparar el coste.
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Para distinguir zonas de manejo dentro de una parcela de cereal o viñedo, conviene trabajar por debajo de los 10 cm por píxel. Por encima de esa cifra el mapa se vuelve bonito pero poco operativo: las manchas de estrés se mezclan y no permiten decidir dónde pinchar para muestrear. En olivar con marcos amplios se puede relajar hasta 15 cm, siempre que el vuelo se planifique con solape suficiente y a media mañana, cuando la sombra no falsea los índices.
Depende del cultivo y del objetivo. En cereal de secano suelen bastar tres vuelos: nascencia, ahijado y espigado. En viñedo merece la pena añadir uno en envero para ver cómo responde la planta al bioinsumo aplicado. Volar cada semana genera mucho dato y poca decisión. Lo razonable es fijar los momentos con antelación y ajustar solo si aparece un evento puntual, como una granizada o un riego mal repartido.
No, y desconfía de quien lo plantee así. El mapa indica dónde hay diferencias de vigor, pero no dice por qué. Puede ser compactación, salinidad, falta de materia orgánica o un problema de microbiología. El análisis microbiológico es el que confirma la causa. Lo útil es usar el mapa para decidir en qué tres o cuatro puntos de la parcela merece la pena pagar ese análisis, en lugar de muestrear a ciegas en cuadrícula.
Es más común de lo que parece. En ese caso se trabaja con zonas de manejo y se aplica el bioinsumo por pases diferenciados, aunque sea de forma manual o con el equipo que haya. No hace falta invertir en tecnología nueva para empezar: basta con saber qué parte de la parcela responde distinto y tratarla aparte. La dosis variable llega después, cuando el agricultor ya ha visto que la zonificación tiene sentido en su explotación.
Funciona en cualquier tamaño, pero el coste por hectárea cambia mucho. En parcelas por debajo de dos o tres hectáreas, el vuelo y el análisis se reparten entre poca superficie y el retorno es más lento. Aun así, en cultivos de alto valor como hortícolas o viñedo de calidad, puede compensar si se detecta a tiempo un problema localizado. En secano extenso el umbral razonable para empezar suele estar por encima de las diez hectáreas.
Con condiciones normales de proceso, entre tres y cinco días laborables desde que se realiza el vuelo. Ese plazo incluye el mosaico, el cálculo de índices y la zonificación. Si hay que esperar ventanas de nubosidad o el cultivo está en una fase delicada, puede alargarse. Lo que no hacemos es entregar un mapa sin haber revisado antes que los datos son coherentes con lo que se ve en campo.
Parcelas de cereal, olivar y viñedo en la provincia de Albacete y comarcas vecinas. Estas valoraciones vienen de campañas reales en las que el vuelo multiespectral sirvió para decidir dónde muestrear y dónde aplicar bioinsumos, no para colgar un mapa en la pared.
Trabajamos con imágenes multiespectrales y sensores remotos para localizar las zonas de la parcela donde el análisis microbiológico tiene sentido. No se trata de muestrear más, sino de muestrear donde el dato cambia la decisión.
Combinamos NDVI y NDRE sobre la misma parcela para separar biomasa de estrés nutricional. En cebada de secano y viñedo de la comarca, esa diferencia marca qué rodales conviene revisar primero y cuáles pueden esperar a la siguiente campaña.
Traducimos el mapa de vigor a polígonos de manejo con superficie acotada. Cada zona se convierte en un punto de muestreo microbiológico concreto, con profundidad y número de submuestras definidos antes de salir al campo.
Enviamos a laboratorio solo las muestras que aportan información: recuento de bacterias solubilizadoras de fósforo, hongos micorrícicos y actividad enzimática. El resto del suelo se caracteriza con datos de la imagen y no genera coste adicional.
Con el mapa y los resultados de laboratorio preparamos una receta de dosis variable que la maquinaria disponible pueda ejecutar. Si el equipo no admite variabilidad, planteamos dos o tres zonas fijas y ajustamos en la campaña siguiente.
Programamos un vuelo posterior a la aplicación para comprobar si la respuesta del cultivo coincide con lo previsto. Ese contraste entre mapa inicial y mapa final es lo que permite corregir el plan en la siguiente rotación.
Puedes ver el detalle operativo en soluciones por cultivo o revisar casos reales de parcelas antes de decidir el primer vuelo.